¡Oh! Enséñame tu canción. Sí, claro, ahora saldremos un domingo a trotar por el monte en cueros. Y cuando el músico coge y toca las etiquetas de colores… eso es un puntazo, ¿eh? Insisto, enséñame tu canción. La verdad es que ser un albóndiga también da la felicidad; al menos, puedes hacer lo que te dé la gana, como ya piensan que estás para allá. Lo dicho, todos en bolas y a correr (bueno, mejor cuando haga más calorcito, ¿no?). De todos modos, enséñame tu canción.

¿He visto lo que creo haber visto?