No te rías, por favor. Mírala, mírala, mírala, mírala, mírala, la puerta de cristal. Pues no, no la ha visto y… ¡lechón! No te rías, por favor. Para haberse abierto la cabeza, el pobre hombre. ¿Por qué se queda mirándola fíjamente como un Miura y luego intenta derribarla con la testa? No te rías, por favor. Si es que hasta dobla el espinazo para darle con el cabezón, ¡fíjate! Y estas puertas no se han inventado ayer, no. Hace ya unos añitos que existen. Que hay que salir más. Que si no sales, no existes. Y es así, albóndiga. De todas formas… no te rías, por favor.

Yo también he tenido un accidente... ¡no te rías, mamón!